Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Ramón miró al Pituso. Su semblante no expresaba tampoco una convicción muy profunda respecto al parecido. Sonreía Benigna, y si no hubiera sido por consideración a su querida hermana, habría dicho del Pituso lo que de las monedas que no sonaban bien: es falso, o por lo menos, tiene hoja.
—Lo primero es que le lavemos.
—No se va a dejar —indicó Jacinta—. Éste no ha visto nunca el agua. Vamos, arriba.