Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Por la noche, comensales otra vez, y luego tertulia y mucha gente. Hasta las doce duró aquel martirio. Se marcharon al fin uno a uno. Jacinta les hubiera echado, abriendo todas las ventanas y sacudiéndoles con una servilleta, como se hace con las moscas. Cuando su marido y ella se quedaron solos, parecíale la casa un paraíso; pero sus ansiedades eran tan grandes que no podía saborear el dulce aislamiento. ¡Solos en la alcoba! Al fin…
Juan cogió a su mujer cual si fuera una muñeca, y le dijo:
—Alma mía, tus sentimientos son de ángel; pero tu razón, allá por esas nubes, se deja alucinar. Te han engañado; te han dado un soberbio timo.
—Por Dios, no me digas eso —murmuró Jacinta, después de una pausa en que quiso hablar y no pudo.
—Si desde el principio hubieras hablado conmigo… —añadió el Delfín muy cariñoso—. Pero aquí tienes el resultado de tus tapujos… ¡Ah, las mujeres! Todas ellas tienen una novela en la cabeza, y cuando lo que imaginan no aparece en la vida, que es lo más común, sacan su composicioncita.
Estaba la infeliz tan turbada que no sabía qué decir:
—Ese José Izquierdo…