Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —Y ahora —siguió Santa Cruz, muy bien empaquetado entre sus sábanas—, despídete de tu novela, de esa grande invención de dos ingenios, Ido del Sagrario y José Izquierdo… Vamos allá… Lo último que te dije fue…
—Fue que se había marchado de Madrid y que no pudiste averiguar a dónde. Esto me lo contaste en Sevilla.
—¡Qué memoria tienes! Pues pasó tiempo, y al año de casados, un día, de repente, plaf…, entras tú en mi cuarto y me das una carta.
—¿Yo?
—Sí, una cartita que trajeron para mí. La abro, me quedo así un poco atontado… Me preguntas qué es, y te digo: —Nada, es la madre del pobre Valledor que me pide una recomendación para el alcalde… Cojo mi sombrero y a la calle.
—¡Volvía a Madrid, te llamaba, te escribía!… —observó Jacinta, sentándose al borde del lecho, la mirada fija, apagada la voz.