Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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Jacinta no podía ver al dichoso tocayo. Fundábase esta antipatía en la creencia de que Villalonga era el corruptor de su marido y el que le arrastraba a la infidelidad.

—Papá ha salido —díjole no muy risueña—. ¡Cuánto sentirá no verle a usted para que le cuente eso!… ¿Tuvo usted mucho miedo? Dice Juan que se metió usted debajo de un banco.

—¡Ay, qué gracia! ¿Ha salido también Juan?

—No, se está vistiendo. Pase usted.

Y fue detrás de él, porque siempre que los dos amigos se encerraban, hacía ella los imposibles por oír lo que decían, poniendo su orejita rosada en el resquicio de la mal cerrada puerta. Jacinto esperó en el gabinete, y su tocaya entró a anunciarle.

—Pero qué, ¿ha venido ya ese pelagatos?

—Sí…, resalao… Aquí estoy.

—Pasa, danzante… ¡Dichosos los ojos…!

El amigote entró. Jacinta notaba en los ojos de este algo de intención picaresca. De buena gana se escondería detrás de una cortina para estafarles sus secretos a aquel par de tunantes. Desgraciadamente tenía que ir al comedor a cumplir ciertas órdenes que Barbarita le había dado… Pero daría una vueltecita, y trataría de pescar algo…

—Cuenta, chico, cuenta. Estábamos rabiando por verte.


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