Fortunata y Jacinta

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Y Villalonga dio principio a su relato delante de Jacinta; pero en cuanto ésta se marchó, el semblante del narrador inundóse de malicia. Miraron ambos a la puerta; cercioróse el compinche de que la esposa se había retirado, y volviéndose hacia el Delfín, le dijo con la voz temerosa que emplean los conspiradores domésticos:

—Chico, ¡no sabes… la noticia que te traigo…! ¡Si supieras a quién he visto! ¿Nos oirá tu mujer?

—No, hombre, pierde cuidado —replicó Juan poniéndose los botones de la pechera—. Claréate pronto.

—Pues he visto a quien menos puedes figurarte… Está aquí.

—¿Quién?

—Fortunata… Pero no tienes idea de su transformación. ¡Vaya un cambiazo! Está guapísima, elegantísima. Chico, me quedé turulato cuando la vi.

Oyéronse los pasos de Jacinta. Cuando apareció levantando la cortina, Villalonga dio una brusca retorcedura a su discurso:


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