Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —No, hombre, no me has entendido; la sesión empezó por la tarde y se suspendió a las ocho. Durante la suspensión se trató de llegar a una inteligencia. Yo me acercaba a todos los grupos a oler aquel guisado… ¡Jum! Malo, malo; el ministerio Palanca se iba cociendo, se iba cociendo… A todas éstas… ¡Figúrate si estarían ciegos aquellos hombres!…, a todas éstas, fuera de las Cortes se estaba preparando la máquina para echarles la zancadilla. Zalamero y yo salíamos y entrábamos a turno para llevar noticias a una casa de la calle de la Greda, donde estaban Serrano, Topete y otros. «Mi general, no se entienden. Aquello es una balsa de aceite… hirviendo. Tumban a Castelar. En fin, se ha de ver ahora». «Vuelva usted allá. ¿Habrá votación?». «Creo que sí». «Tráiganos usted el resultado».
—El resultado de la votación —indicó Santa Cruz—, fue contrario a Castelar. Di una cosa, ¿y si hubiera sido favorable?
—No se habría hecho nada. Tenlo por cierto. Pues como te decía, habló Castelar…
Jacinta ponía mucha atención a esto; pero entró Rafaela a llamarla y tuvo que retirarse.
—Gracias a Dios que estamos solos otra vez —dijo el compinche después que la vio salir—. ¿Nos oirá?
—¿Qué ha de oír?… ¡Qué medroso te has vuelto! Cuenta, pronto. ¿Dónde la viste?