Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—¡Sombrero! —exclamó Juan en el colmo de la estupefacción.

—Sí; y no puedes figurarte lo bien que le cae. Parece que lo ha llevado toda la vida… ¿Te acuerdas del pañolito por la cabeza con el pico arriba y la lazada?… ¡Quién lo diría! ¡Qué transiciones!… Lo que te digo… Las que tienen genio, aprenden en un abrir y cerrar de ojos. La raza española es tremenda, chico, para la asimilación de todo lo que pertenece a la forma… ¡Pero si habías de verla tú!… Yo, te lo confieso, estaba pasmado, absorto, embebe…

¡Ay Dios mío! Entró Jacinta, y Villalonga tuvo que dar un quiebro violentísimo…

—Te digo que estaba embebecido. El discurso de Salmerón fue admirable…, pero de lo más admirable… Aún me parece que estoy viendo aquella cara de hijo del desierto, y aquel movimiento horizontal de los ojos y la gallardía de los gestos. Gran hombre; pero yo pensaba: «No te valen tus filosofías; en buena te has metido, y ya verás la que te tenemos armada». Habló después Castelar. ¡Qué discursazo! ¡Qué valor de hombre! ¡Cómo se crecía! Parecíame que tocaba al techo. Cuando concluyó: «A votar, a votar…».

Jacinta volvió a salir sin decir nada. Sospechaba quizás que en su ausencia los tunantes hablaban de otro asunto, y se alejó con ánimo de volver y aproximarse cautelosa.


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