Fortunata y Jacinta

Fortunata y Jacinta

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—Y aquel hombre… ¿Quién era? —preguntó el Delfín que sentía el ardor de una curiosidad febril.

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—Te diré… Desde que la vi, me dije: «Yo conozco esa cara». Pero no pude caer en quién era. Entró Pez y hablamos… Él también quería reconocerle. Nos devanábamos los sesos. Por fin caímos en la cuenta de que habíamos visto a aquel sujeto días antes en el despacho del director del Tesoro. Creo que hablaba con éste del pago de unos fusiles encargados a Inglaterra. Tiene acento catalán, gasta bigote y perilla…, cincuenta años…, bastante antipático. Pues verás; como Joaquín y yo la mirábamos tanto, el tío aquel se escamaba. Ella no se timaba…, parecía como vergonzosa… ¡Y qué mona estaba con su vergüenza! ¿Te acuerdas de aquel palmito descolorido con cabos negros? Pues ha mejorado mucho, porque está más gruesa, más llena de cara y de cuerpo.

Santa Cruz estaba algo aturdido. Oyóse la voz de Barbarita, que entraba con su nuera.

—Salí de estampía… —siguió Villalonga— a anunciar a los amigos que había empezado la votación… A los pies de usted, Barbarita… Yo bien, ¿y usted? Aquí estaba contando… Pues decía que eché a correr…

—Hacia la calle de la Greda.


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