Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta —El coronel Iglesias —dijo Barbarita, que deseaba terminase el relato—. De buena escapó el país… Bien, Jacinto, supongo que almorzará usted con nosotros.
—Pues ya lo creo —dijo el Delfín—. Hoy no le suelto; y pronto mamá, que es tarde.
Barbarita y Jacinta salieron.
—¿Y Salmerón qué hizo?
—Yo puse toda mi atención en Castelar, y le vi llevarse la mano a los ojos y decir: ¡Qué ignominia! En la mesa se armó un barullo espantoso… Gritos, protestas. Desde el reloj vi una masa de gente, todos en pie… No distinguía al presidente. Los quintos inmóviles… De repente ¡pum!, sonó un tiro en el pasillo…
—Y empezó la desbandada… Pero dime otra cosa, chico. No puedo apartar de mi pensamiento… ¿Decías que llevaba sombrero?
—¿Quién?… ¡Ah! ¿Aquélla? Sí, sombrero, y de muchísimo gusto —dijo el compinche con tanto énfasis como si continuara narrando el suceso histórico—, y vestido azul elegantísimo y abrigo de terciopelo…
—¿Tú estás de guasa? Abrigo de terciopelo.
—Vaya… y con pieles, un abrigo soberbio. Le caía tan bien…, que…