Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Entró Jacinta sin anunciarse ni con ruido de pasos ni de ninguna otra manera. Villalonga giró sobre el último concepto como una veleta impulsada por fuerte racha de viento.
—El abrigo que yo llevaba…, mi gabán de pieles…, quiero decir, que en aquella marimorena me arrancaron una solapa…, la piel de una solapa quiero decir…
—Cuando se metió usted debajo del banco.
—Yo no me metí debajo de ningún banco, tocaya. Lo que hice fue ponerme en salvo como los demás por lo que pudiera tronar.
—Mira, mira, querida esposa —dijo Santa Cruz, mostrando a su mujer el chaleco, que se quitó apenas puesto—. Mira cómo cuelga ese último botón de abajo. Hazme el favor de pegárselo o decirle a Rafaela que se lo pegue, o en último caso llamar al coronel Iglesias.
—Venga acá —dijo Jacinta con mal humor, saliendo otra vez.