Fortunata y Jacinta

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Quedóse parado un largo rato mirando a la luz y viendo en ella a Doña Lupe en el acto de coger la hucha falsa y decir: «Pero esta hucha…, no sé…, me parece…, no es la misma». Dando un gran suspiro, envolvió rápidamente en un pañuelo los destrozados restos de la víctima, y los guardó en la cómoda hasta el momento de salir. Puso la nueva hucha en el sitio de costumbre, que era el cajón alto de la cómoda, abrió la puerta, quitando el pañuelo que tapaba el agujero de la llave, y después de llevar a la cocina el instrumento alevoso, volvió a su cuarto con idea de contar el dinero… Pero si era suyo, ¿a qué tanto miedo y zozobra? Él no había robado nada a nadie, y sin embargo, estaba como los ladrones. Más derecho era referir a su tía lo que le pasaba, que no andar con tapujos. ¡Sí, pues buena se pondría Doña Lupe si él le contara su aventura y el empleo que daba a sus ahorros! Valía más callar, y adelante.








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