Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta Sintió que le renacía el valor. Pero cuando le llamaron a comer, y fue al comedor y se encaró con su tía, pensó que ésta le iba a conocer en la cara lo que había hecho. Mirábale ella lo mismo que el día infausto en que le robara los botones arrancándolos de la ropa… Y al sobrinito se le alborotó la conciencia, haciéndole ver peligros donde no los había. «Me parece —cavilaba, tragando la sopa—, que la colcha no ha quedado muy limpia… Caspitina, se me olvidó una cosa; pero una cosa muy importante…: ver si habían caído pedacitos de barro en alguna parte. Ahora recuerdo que oí el tin, como si un casquillo saltara en el momento del golpe y fuera a chocar disparado con el frasco de yoduro. En el suelo quizás… ¡Y mi tía barre todos los días!… ¡Cómo me mira! Si sospechará algo… Lo que ahora me faltaba era que mi tía hubiese pasado por la tienda al volver de casa de las de Morejón, y le hubiera dicho el tendero: Aquí estuvo su sobrino a cambiar dos pesetas en calderilla».
El mirar escrutador de Doña Lupe no tenía nada de particular. Acostumbrada ella a estudiarle la cara, para ver cómo andaba de salud, y el tal semblante era un libro en que la buena señora había aprendido más Medicina que Farmacia su sobrino en los textos impresos.