Fortunata y Jacinta
Fortunata y Jacinta La palabra de Ulmus sylvestris, cuando se trataba de algo comprendido en la jurisdicción de la picardía, era sagrada. Pero en aquella ocasión pudo más el prurito crismográfico que el fuero del honor picaresco, y el gran secreto fue revelado a Narciso Puerta (Pseudo-Narcisus odoripherus) con la mayor reserva, y previo juramento de no transmitirlo a nadie.
—Te lo digo en confianza, porque sé que ha de quedar de ti para mí.
—Descuida, chico, no faltaba más… Ya tú me conoces.
En efecto, Narciso no lo dijo a nadie, con una sola excepción. Porque, verdaderamente, ¿qué importaba confiar el secretillo a una sola persona, a una sola, que de fijo no lo había de propalar?
—Te lo digo a ti solo, porque sé que eres muy discreto —murmuró Narciso al oído de su amigo Encinas (Quercus gigantea)—. Cuidado con lo que te encargo…, pero mucho cuidado. Sólo tú lo sabes. No tengamos un disgusto.
—Hombre, no seas tonto… Parece que me conoces de ayer. Ya sabes que soy un sepulcro.
Y el sepulcro se abrió en casa de las de la Caña, con la mayor reserva se entiende, y después de hacer jurar a todos de la manera más solemne que guardarían aquel profundo arcano.