La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles Claramente oí aquella entre las demás voces irritadas, y lo más extraño es que su timbre, aunque lejano y desfigurado por la ira, me hizo estremecer. Yo conocía aquella voz.
Levanteme precipitadamente y vestime a toda prisa; pero los ruidos extinguiéronse poco a poco, indicando que las pobres víctimas de una cruel burla de soldados, salían a toda prisa de la venta. Cuando yo salía, entró Tribaldos y me dijo:
—Mi comandante, ya se ha ido esa flor y nata de la pillería. Todo el patio está lleno con pedazos encendidos de los palacios de Varsovia y con los yelmos de cartón y la sotana encarnada del Dux de Venecia.
—¿Y por qué lado se han ido esos infelices?
—Hacia Grijuelo.

—Es que van a Salamanca. Coge tu fusil y sígueme al momento.
—Mi comandante, el general España quiere ver a usía ahora mismo. El ayudante de su excelencia ha traído el recado.
—El demonio cargue contigo, con el recado, con el ayudante y con el general… Pero me he puesto el corbatín del revés… dame acá esa casaca, bruto… pues no me iba sin ella.
—El general le espera a usía. De abajo se sienten las patadas y voces que da en su alojamiento.