La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles 
—¿Y siempre se presenta sola?
—No señor, que algunas veces la he visto en compañía de otras muchachas, como por ejemplo en Sevilla el año pasado. Todas eran obra vana de la infernal industria, pues desaparecieron con ella, como multitud de luces que se apagan de un solo soplo.
—¿Y siempre desaparecen así como luz que se apaga?
—No señor, que a veces corre delante de mí, y la sigo, y o se pierde entre la multitud, o avanza tanto en su camino que no puedo alcanzarla. Un día la vi en una soberbia cabalgadura que corría más que el viento, y ayer la vi en un carro.
—¿Que corría también como el viento?
—No señor, pues apenas corría como un mal carro. La visión de ayer ofrece para mí una particularidad aterradora, y que me prueba cierta recrudescencia y gravedad del mal que padezco.
—¿Por qué?
—Porque ayer me habló.
—¿Cómo? —exclamé sonriendo, mas no asombrado del extremo a que llegaban las locuras de mi amigo.
—¿Habló al fin la señorita del pie desnudo, la pastora, la monja de Ciudad-Rodrigo?
—Sí señor. Iba en un carro en compañía de unos cómicos que venían al parecer de Extremadura.