La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —¡En un carro!… ¡Con unos cómicos!… ¡De Extremadura!
—Sí señor: veo que se asombra usted y lo comprendo, porque el caso no es para menos. Delante iban algunos hombres a caballo; luego seguía un carro con dos mujeres, y después otro carro con decoraciones y trebejos de teatro, todos quemados y hechos pedazos.
—Hermano, usted se burla de mí —dije levantándome de súbito y volviéndome a sentar, impulsado por ardiente desasosiego.
—Cuando la vi, señor mío, experimenté aquel calofrío, aquella sensación entre placentera y dolorosa que acompaña a mis terribles crisis.
—¿Y cómo iba?
—Triste, arropada en un manto negro.
—¿Y la otra mujer?
—Engañosa imaginación también, sin duda, la acompañaba en silencio.
—¿Y los hombres que iban a caballo?
—Eran cinco, y uno de ellos vestía de juglar con calzón de tres colores y montera de picos. Disputaban, y otro de ellos, que parecía mandar a todos, era una persona de buena apostura y presencia, con barba picuda como la del demonio.
—¿No sintió usted olor de azufre?