La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Sí señor; ha hablado —dijo el hospitalario con terror—. Su voz no es la misma que aún resuena en mis oídos, desde que la oí en casa de Requejo, así como su figura en el día de hoy me ha parecido más hermosa, más robusta, más completa y más formada. Tal como la vi en el convento, en el bosque, en la iglesia y en Ciudad-Rodrigo era casi una niña, y hoy…
—Pero si habló, ¿qué dijo?
—Yo me acerqué al carro, la miré, mirome ella también… Sus ojos eran rayos que me quemaban cuerpo y alma. Luego apareció asombrada, muy asombrada… ¡Ay! sus labios se movieron y pronunciaron mi propio nombre. «Sr. Juan de Dios, dijo, ¿se ha hecho usted fraile?…». Me pareció que iba yo a morir en aquel mismo momento. Quise hablar y no pude. Ella hizo ademán de darme una limosna, y de pronto el hombre que parecía mandar a todos, como advirtiera mi presencia junto al carro de las cómicas, detuvo el caballo, y volviéndose me dijo con voz fiera: «Largo de aquí, holgazán pancista». Ella dijo entonces: «Es un pobre mendicante que pide limosna». El hombre alzó el palo para pegarme y ella dijo: «Padre, no le hagas daño».
—¿Está usted seguro de que dijo eso?