La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Sí, seguro estoy; mas el infame, como criatura infernal que era, enemigo natural de las personas consagradas al servicio de Dios, llamome de nuevo holgazán, y recibí al mismo tiempo tal porrazo en la cabeza, que caí sin sentido.
—Sr. Juan de Dios —le dije después de reflexionar un poco sobre lo extraño de aquella aventura— júreme usted que es verdad cuanto ha dicho y que no es su ánimo burlarse de mí.
—¡Yo burlarme, señor oficial de mi alma! —exclamó el hospitalario, que estuvo a punto de llorar viendo que se ponía en duda su veracidad—. Cierto es lo que he dicho, y tan evidente es que hay demonio en el infierno, como que hay Dios en el cielo, pues infinito es en el mundo el número de casos de obsesión, y todos los días oímos contar nuevas tropelías y estupendas gatadas del mortificador del linaje humano.
—¿Y no puede usted precisar el sitio en que ocurrió eso del carro de comediantes?
—Pasado Santibáñez de Valvaneda, como a tres leguas. Iban a buen paso camino de Salamanca.
El infeliz hospitalario no podía mentir, y en cuanto a la endemoniada composición de las cosas y personas referidas, yo tenía mis razones para creer que entre los primeros y el último encuentro del fraile había alguna diferencia.