La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles De nuevo le insté para que tomase alguna cosa, y segunda vez se resistió a dar a su cuerpo regalo alguno. Ya nos disponíamos a marchar, cuando le vi palidecer, si es que cabía mayor grado de amarillez en su amojamada carne; le vi aterrado, con los ojos medio salidos del casco, el labio inferior trémulo y toda su persona desasosegada. Miraba a un punto fijo detrás de mí, y como yo rápidamente me volviese y nada hallase que pudiera motivar aquel espanto, le pregunté la causa de sus terrores y si allí entre tantos soldados se atrevía Satanás a hacer de las suyas.
—Ya se ha desvanecido —dijo con voz débil y dejando caer desmayadamente los brazos.
—¿Pues qué, otra vez ha estado aquí?
—Sí en aquel grupo donde bailan los soldados… ¿Ve usted que hay allí unas mozas de San Esteban?
—Es cierto; pero o yo he olvidado la cara de la señora Inés, o no está entre ellas —repuse sin poder contener la risa—. Si estuviera, bien se le podían decir cuatro frescas por ponerse a bailar con los soldados.
—Pues dude usted de que ahora es de día, señor mío —afirmó no repuesto aún de la emoción— pero no dude usted de que estaba allí. Veo que el demonio recrudece sus tentaciones y aumenta el rigor de sus ataques contra los reductos de mi fortaleza, y esto lo hace porque estoy pecando…