La Batalla de los Arapiles

La Batalla de los Arapiles

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—¿Pecando ahora, pecando por hablar con un antiguo amigo?

—Sí señor, pues pecar es entregar sin freno el espíritu a los deleites de la conversación con gente seglar. Además he estado aquí descansando más de hora y media, cosa que en tres años no he hecho, y he gustado de la fresca sombra de estos árboles. Alma mía —añadió con exaltado fervor— arriba, no duermas, vigila sin cesar al enemigo que te acecha, no te entregues al corruptor deleite de la amistad, ni desmayes un solo momento, ni pruebes las dulzuras del reposo. Alerta, alerta siempre.

—¿Se marcha usted ya? —dije, al ver que desataba al buen pollino—. Vamos, no rechazará usted este pedazo de pan para el camino.

Tomolo y poniéndoselo en la boca al pacífico asno, que no estaba sin duda por cenobíticas abstinencias, cogió él para sí un puñado de yerba y la guardó en el seno.

—O es un farsante —dije para mí— o el más puro y candoroso beato que ciñe el cíngulo monacal.

—Buenas tardes, Sr. D. Gabriel —dijo con humilde acento—. Me voy a Béjar para seguir mañana a Candelario, donde tenemos un hospital. ¿Y usted, a dónde marcha?

—¿Yo? a donde me lleven; tal vez a conquistar a Salamanca, que está en poder de Marmont.


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