La Batalla de los Arapiles

La Batalla de los Arapiles

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- VIII -

POYOSE en mí, quiso dar algunos pasos; mas al punto sus piernas desmayadas se negaron a sostenerla. Sin decir nada la tomé en brazos y dije a Tribaldos:

—Ayúdame; vamos a llevarla a nuestro alojamiento.

Por fortuna este no estaba lejos, y bien pronto llegamos a él. En la puerta la inglesa movió la cabeza, abrió los ojos y me dijo:

—No quiero molestaros más, caballero. Podré subir sola. Dadme el brazo.

En el mismo momento apareció presuroso y sofocado un oficial inglés, llamado sir Tomás Parr, a quien yo había conocido en Cádiz, y enterado brevemente de la lamentable ocurrencia, habló con su compatriota en inglés.

—¿Pero habrá aquí una habitación confortable para la señora? —me dijo después.

—Puede descansar en mi propia habitación —dijo el dómine que había bajado oficiosamente al sentir el ruido.

—Bien —dijo el inglés—. Esta señorita se detuvo en Ciudad-Rodrigo más de lo necesario y ha querido alcanzarnos. Su temeridad nos ha dado ya muchos disgustos. Subámosla. Haré venir al médico mayor del ejército.


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