La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —No quiero médicos —dijo la desconocida—. No tengo herida grave: una ligera contusión en la frente y otra en el brazo izquierdo.
Esto lo decía subiendo apoyada en mi brazo. Al llegar arriba dejose caer en un sillón que en la primera estancia había y respiró con desahogo expansivo.
—A este caballero debo la vida —dijo señalándome—. Parece un milagro.
—Mucho gusto tengo en ver a usted, mi querido Sr. Araceli —me dijo el inglés—. Desde el año pasado no nos habíamos visto. ¿Se acuerda usted de mí… en Cádiz?
—Me acuerdo perfectamente.
—Usted se embarcó con la expedición de Blake. No pudimos vernos porque usted se ocultó después del duelo en que dio la muerte a lord Gray.
La inglesa me miró con profundo interés y curiosidad.
—Este caballero… —dijo.
—Es el mismo de quien os he hablado hace días —contestó Parr.
—Si el libertino que ha hecho desgraciadas a tantas familias de Inglaterra y España hubiese tropezado siempre con hombres como vos… Según me han dicho, lord Gray se atrevió a mirar a una persona que os amaba… La energía, la severidad y la nobleza de vuestra conducta son superiores a estos tiempos.