La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Para conocer bien aquel suceso —dije yo, no ciertamente orgulloso de mi acción—, sería preciso que yo explicase algunos antecedentes…
—Puedo aseguraros que antes de conoceros, antes de que me prestaseis el servicio que acabo de recibir, sentía hacia vos una grande admiración.
Dije entonces todo lo que la modestia y el buen parecer exigían.
—¿De modo que esta señora se alojará aquí?, —me dijo Parr—. Donde yo estoy, es imposible. Dormimos siete en una sola habitación.
—He dicho que le cederé la mía, la cual es digna del mismo sir Arturo —dijo Forfolleda, pues este era el nombre del dómine.
—Entonces estará bien aquí.
Sir Tomás Parr habló largamente en inglés con la bella desconocida y después se despidió. No dejaba de causarme sorpresa que sus compatriotas abandonasen a aquella hermosa mujer que sin duda debía de tener esposo o hermanos en el ejército; pero dije para mí: «será que las costumbres inglesas lo ordenan de este modo».
En tanto la señora de Forfolleda (pues Forfolleda tenía señora) bizmó el brazo de la desconocida, y restañó la sangre de la rozadura que recibiera en la cabeza, con cuya operación dimos por concluidos los cuidados quirúrgicos y pensamos en arreglar a la señora cuarto y cama en que pasar la noche.