La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —¿Quiere la señora un pedazo de pierna de carnero —dijo Forfolleda, que arreglaba los trastos de la habitación—, unas sopas de ajo, chocolate o quizás un poco de salmorejo con guindilla? También tengo abadejo. Dicen que al Sr. D. Arturo le gusta mucho el abadejo.
—Gracias —repuso la inglesa con mal humor—, no puedo comer eso. Que me hagan un poco de té.
Fui a la cocina, donde la señora de Forfolleda me dijo que allí no había té ni cosa que lo pareciese, añadiendo que si ella probara tan sólo un buche de tal enjuagadero de tripas, arrojaría por la boca juntamente con los hígados la primer leche que mamó. Luego se puso a reprender a su esposo por admitir en la casa a herejes luteranos y calvinistas, cuales eran los ingleses; mas el dómine refutó victoriosamente el ataque afirmando que merced a la ayuda de los herejes luteranos y calvinistas, la católica España triunfaría de Napoleón, lo cual no significaba más sino que Dios se vale del mal para producir el bien.
—Vete a cualquier casa donde haya ingleses —dije a Tribaldos—, y trae té. ¿Sabes lo que es?
—Unas hojas arrugaditas y negras. Ya sé… todas las noches lo tomaba la mujer del capitán.
Volví al lado de la inglesa que me dijo no podía comer cosa alguna de nuestra cocina, y habiéndome pedido pan, se lo di mientras llegaba el anhelado té.