La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles Al poco rato entró Tribaldos trayendo una ancha taza que despedía un olor extraño.
—¿Qué es esto? —dijo la dama con espanto, cuando los vapores del condenado licor llegaron a su nariz.
—¿Qué menjurgue has puesto aquí, maldito? —exclamé amenazando al aturdido mozo.
—Señor, no he puesto nada, nada más que las hojas arrugaditas, con un poco de canela y de clavo. La señora de Forfolleda dijo que así se hacía, y que lo había compuesto muchas veces para unos ingleses que fueron a Salamanca a ver la catedral vieja.
La inglesa prorrumpió en risas.
—Señora, perdone usted a este animal que no sabe lo que hace. Voy yo mismo a la cocina y beberá usted té.
Poco después volví con mi obra, que debió de satisfacer a la interesada, pues la aceptó con gozo.
—Ahora, señora mía, me retiraré, para que usted descanse —le dije—. Deme usted órdenes para mañana o para esta noche misma. Si quiere usted que avise a su esposo… o es que se halla en la división de Picton que no está en este pueblo…
—Señor oficial —dijo solemnemente bebiendo su té— yo no tengo esposo; yo soy soltera.