La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Sabe Dios qué casta de pájaro serás tú —dije para mi capote; y luego en voz alta añadí sosteniendo fijamente la dulce mirada de sus ojos de cielo—: ¡Y los padres de usted consintieron, sin reparar en los continuos y graves peligros a que está expuesta una tierna doncella sola y sin amparo en país extranjero, en medio de un ejército! Señora, por amor de Dios…
—¡Ah! no conocéis sin duda que nosotras, las hijas de Inglaterra estamos protegidas por las leyes de tal manera y con tanto rigor, que ningún hombre se atreve a faltarnos al respeto.
—Sí, así dicen que pasa en Inglaterra. Y parece que allá salen las señoritas solas a paseo y viajan solas o acompañadas de cualquier galancete.
—Aunque fuera su novio, no importa.
—¡Pero estamos en España, señora, en España! Usted no sabe bien en qué país se ha metido.
—Pero sigo al ejército aliado y estoy al amparo de las leyes inglesas —dijo sonriendo—. Caballero, faltad al pudor si os parece, intentad galantearme de una manera menos decorosa que la que empleáis para amar a esa Dulcinea que fue causa de la muerte de Gray, y lord Wellington os mandará fusilar, si no os casáis conmigo.
—Me casaría, señora.
—Caballero, veo que quizás sin malicia principiáis a faltar al comedimiento.