La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Sois valiente y generoso, sin duda —dijo mirándome fijamente al rostro—. Bien se conoce en vuestro semblante que lleváis en las venas la sangre de aquellos insignes caballeros que han sido asombro y envidia de Europa por espacio de muchos siglos.
—Señora, usted me favorece demasiado.
—Decidme; ¿sabéis tirar las armas, domar un potro, derribar un toro, tañer la guitarra y componer versos?
—No puedo negar que un poco entendido soy en alguna, sino en todas esas habilidades.
Después de pequeña pausa y deteniendo el paso, me preguntó bruscamente:
—¿Y estáis enamorado?
Durante un rato no supe qué responder; tan extrañas me parecían aquellas palabras.
—¿Cómo no, siendo español, siendo joven y militar? —contesté decidido a llevar la conversación a donde la fantasía de mi incógnita amiga quisiera llevarla.
—Veo que os sorprende mi modo de hablaros —añadió ella—. Acostumbrado a no oír en boca de vuestras mojigatas compatriotas sino medias palabras, vulgaridades, y frases de hipocresía, os sorprende esta libertad con que me expreso, estas extrañas preguntas que os dirijo… Quizás me juzguéis mal…
—Oh, no señora.