La Batalla de los Arapiles
La Batalla de los Arapiles —Sí señora, pero si usted lo permite tendré el honor de acompañarla y juntos disfrutaremos de este suave ambiente, del grato aroma de esos pinares…
—No… salid, bajad, iré yo también —dijo con viva resolución y mucha naturalidad.
Entrando rápidamente en su cuarto de donde sacara una capa de forma extraña y echándosela sobre los hombros, me suplicó que cuidadosamente la embozara por no tener ella aún agilidad en su brazo herido; y una vez que la envolví bien, salimos ambos, sin tomar ella mi brazo, y como dos amigos que van a paseo. Por todas partes se oía rumor de soldados, y la claridad de la luna permitía ver todos los objetos y conocer a las personas.
Súbitamente y sin contestar a no sé qué vulgar frase pronunciada por mí, la inglesa me dijo:
—Ya sé que sois noble, caballero. ¿A qué familia pertenecéis? ¿A los Pachecos, a los Vargas, a los Enríquez, a los Acuñas, a los Toledos o a los Dávilas?
—A ninguna de esas, señora —le respondí ocultando con mi embozo la sonrisa que no pude contener— sino a los Aracelis de Andalucía, que descienden, como usted no ignora, del mismo Hércules.
—¿De Hércules? No lo sabía ciertamente —repuso con naturalidad—. ¿Hace mucho que estáis en campaña?
—Desde que empezó, señora.