Marianela
Marianela Habían salido a un sitio despejado. La luna, más clara a cada rato, iluminaba praderas ondulantes y largos taludes, que parecían las escarpas de inmensas fortificaciones. A la izquierda y a regular altura vio el doctor un grupo de blancas casas en el mismo borde de la vertiente.
—Aquí a la izquierda —dijo el ciego— está mi casa. Allá arriba… ¿sabe usted?
Aquéllas tres casas es lo que queda del lugar de Aldeacorba de Suso: lo demás ha sido expropiado en diversos años para beneficiar el terreno; todo aquí debajo es calamina. Nuestros padres vivían sobre miles de millones sin saberlo.
Esto decía, cuando se vino corriendo hacia ellos una muchacha, una niña, una chicuela, de ligerísimos pies y menguada estatura.
—Nela, Nela —dijo el ciego—. ¿Me traes el abrigo?
—Aquí está —repuso la muchacha poniéndole un capote sobre los hombros.
—¿Ésta es la que cantaba?… ¿Sabes que tienes una preciosa voz?