Marianela
Marianela Una noche, después que todo calló, dejose oír ruido de cestas en la cocina. Como allí había alguna claridad, porque jamás se cerraba la madera del ventanillo, Cilipín Centeno, que no dormía aún, vio que las dos cestas más altas, colocadas una contra otra, se separaban abriéndose como las conchas de un bivalvo. Por el hueco aparecieron la narizilla y los negros ojos de la Nela.
—Celipín, Celipinillo —dijo ésta, sacando también su mano—. ¿Estás dormido?
—No, despierto estoy. Nela, pareces una almeja. ¿Qué quieres?
—Toma, toma esta peseta que me dio esta noche un caballero, hermano de D. Carlos…
¿Cuánto has juntado ya?… Éste sí que es regalo. Nunca te había dado más que cuartos.
—Dame acá; muchas gracias Nela —dijo el muchacho incorporándose para tomar la moneda—. Cuarto a cuarto, ya me has dado al pie de treinta y dos reales… Aquí lo tengo en el seno, muy bien guardadito en el saco que me diste. ¡Eres una real moza!
—Yo no quiero para nada el dinero. Guárdalo bien, porque si la Señana te lo descubre, creerá que es para vicios y te pegará con el palo grande.