Marianela
Marianela —No, no es para vicios, no es para vicios —dijo el chico con energía, oprimiéndose el seno con una mano, mientras sostenía su cabeza en la otra— es para hacerme hombre de provecho, Nela, para hacerme hombre de pesquis, como muchos que conozco. El domingo, si me dejan ir a Villamojada, he de comprar una cartilla para aprender a leer, ya que aquí no quieren enseñarme. ¡Córcholis! Aprenderé solo. ¡Ay!, Nela, dicen que D. Carlos era hijo de uno que barría las calles en Madrid. Él solo, solito él, con la ayuda de Dios, aprendió todo lo que sabe.
—Puede que pienses tú hacer lo mismo, bobo.
—¡Córcholis! Puesto que mis padres no quieren sacarme de estas condenadas minas, yo me buscaré otro camino; sí, ya verás quién es Celipín. Yo no sirvo para esto, Nela. Deja tú que tenga reunida una buena cantidad, y verás, verás, cómo me planto en la villa y allí o tomo el tren para irme a Madrid, o un vapor que me lleve a las islas de allá lejos, o me meto a servir con tal que me dejen estudiar.
—¡Madre de Dios divino! ¡Qué calladas tenías esas picardías! —dijo la Nela abriendo más las conchas de su estuche y echando fuera toda la cabeza.