Marianela
Marianela —¿Pero tú me tienes por bobo?… ¡Ay! Nelilla, estoy rabiando. Yo no puedo vivir así, yo me muero en las minas. ¡Córcholis! Paso las noches llorando, y me muerdo las manos, y… no te asustes, Nela, ni me creas malo por lo que voy a decirte: a ti sola te lo digo.
—¿Qué?
—Que no quiero a mi madre ni a mi padre como los debiera querer.
—Ea, pues si haces eso, no te vuelvo a dar un real. Celipín, por amor de Dios, piensa bien lo que dices.
—No lo puedo remediar. Ya ves cómo nos tienen aquí. ¡Córcholis! No somos gente, sino animales. A veces se me pone en la cabeza que somos menos que las mulas, y yo me pregunto si me diferencio en algo de un borrico… Coger una cesta llena de mineral y echarla en un vagón; empujar el vagón hasta los hornos; revolver con un palo el mineral que se está lavando. ¡Ay!… (al decir esto los sollozos cortaban la voz del infeliz muchacho). ¡Cór… córcholis!, el que pase muchos años en este trabajo, al fin se ha de volver malo, y sus sesos serán de calamina… No, Celipín no sirve para esto… Les digo a mis padres que me saquen de aquí y me pongan a estudiar, y responden que son pobres y que yo tengo mucha fantesía. Nada, nada, no somos más que bestias que ganamos un jornal… ¿Pero tú no me dices nada?