Marianela
Marianela La Nela no respondió… Quizás comparaba la triste condición de su compañero con la suya propia, hallando esta infinitamente más aflictiva.
—¿Qué quieres tú que yo te diga? —replicó al fin—. Como yo no puedo ser nunca nada, como yo no soy persona, nada te puedo decir… Pero no pienses esas cosas malas, no pienses eso de tus padres.
—Tú lo dices por consolarme; pero bien ves que tengo razón… y me parece que estás llorando.
—Yo no.
—Sí; tú estás llorando.
—Cada uno tiene sus cositas que llorar —repuso María con voz sofocada—. Pero es muy tarde, Celipe, y es preciso dormir.
—Todavía no… ¡córcholis!
—Sí, hijito. Duérmete y no pienses en esas cosas malas. Buenas noches. Cerráronse las conchas de almeja y todo quedó en silencio.