Memorias de un cortesano de 1815

Memorias de un cortesano de 1815

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—Se intentará, señores, se intentará —dijo Collado, rascándose la frente—. Otras cosas ha habido más difíciles.

—Mucho más fácil sería dar en tierra con Villamil; ¿no es verdad, Sr. Pedro?

—Ese tiene su pasaporte colgado de un pelo, como la espada de Demóstenes —afirmó socarronamente el aguador.

—De Damocles, querrá Vd. decir —indicó Alagón—. Pues es preciso romper ese cabello; ¿me entiende Vd., Sr. Collado?

—Ya, ya, se hará —murmuró el ex-aguador, dándose importancia—. Yo creo que Su Majestad tiene razón, señor duque. Estamos abusando, estamos abusando de su mucha bondad. Verdad es que si algo hacemos, muévenos el gran cariño que le tenemos todos.

—¡Abusar! —exclamó el duque con desabrimiento—. Por mi parte hace tiempo que estoy casi en desgracia. Recibo muy pocos favores.

—¡Hombre de Dios, y todavía se queja! —gruñó Collado, con cierto enojo—. ¡Después que a cambio de las condenadas bandoleras, se ha llevado la mitad de los beneficios, de las prebendas, de las raciones, de las abadías, de las capellanías, de las colecturías, de las examinadurías sinodales, de las definidurías de la Santa Iglesia! Y todavía pide más. ¿Qué es lo que pide la mona? piñones mondados.


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