Memorias de un cortesano de 1815
Memorias de un cortesano de 1815 —Ya ve Vd… —repuso el prócer con mal humor—. No he podido conseguir la canonjía de Murcia, que es para mí de gran empeño… Pero no cedo; esta noche misma hablaré de ello a Su Majestad… Veremos si cuento con Artieda, hombre de gran poder en la provisión de piezas eclesiásticas.
—Artieda —repuso Chamorro—, trae entre manos una moratoria que solicitan las señoras de Porreño.
—¿Y se la concederán? —pregunté sin mostrar interés.
—Creo que sí. Viene recomendada por una cáfila de reverendos.
—Si es cosa de Artieda —añadió el duque—, la doy por ganada. Ese endiablado guarda-ropas, con su aire mortecino y su cabeza caída como higo maduro, vale más que pesa.
—Fue criado de la casa de Porreño —dijo Collado con distracción, arrojando la cola del cigarro.
—¡Pobre Sr. de Grijalva! —exclamó Alagón—. Buen chasco se lleva, si las de Porreño consiguen la moratoria.
—Por cierto que soy amigo de Grijalva —manifestó Chamorro—, y ha venido esta mañana a solicitar mi favor para que pongan en libertad a su hijo.
—Un mal criado niño, que en los cafés ha calumniado al mejor de los Reyes y al más generoso de los hombres —dije.