Memorias de un cortesano de 1815
Memorias de un cortesano de 1815
ITUACIÓN era aquella más crítica que la primera. Encerrados allí, estábamos a merced de un tunante, que a juzgar por su facha y lenguaje, no debía de ser modelo de virtudes porteriles. Los tres estábamos con mucha congoja, y ya nos creíamos cercados de ladrones y asesinos, aumentándose nuestro pavor con el cercano rugido del pueblo que llenaba el patio y corredores. Presentacioncita era la menos afectada de nuestra desdicha, porque tenía alma y corazón y sentidos fijos en los pasos de la policía y en el subir y bajar de la inquieta gente.
Transcurrió bastante tiempo sin que cesase nuestro apuro. Yo me desesperaba, y maldecía el instante en que neciamente consentí en la descabellada expedición; doña Salomé rezaba para que algún santo del cielo viniese en amparo nuestro, y Presentacioncita gemía sin hallar en nada consuelo. Lo peor de todo era que iba siendo ya muy tarde; había pasado la hora de la novena del Santo Ángel, habían dado las ocho, las nueve, iban a dar las diez… ¡horrible trance!, darían las también las once, las doce sin poder salir de allí.
Por fin, Dios quiso que los alguaciles encontraran al prófugo y lo sacasen fuera y se lo llevasen con dos mil demonios. Iba desocupándose el patio, se extinguían las voces poco a poco, y al fin, ¡San Antonio bendito!, el endiablado portero nos sacó de nuestro calabozo.