Memorias de un cortesano de 1815

Memorias de un cortesano de 1815

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—¡Vámonos a la calle pronto! —exclamó doña Salomé, ardiendo en impaciencia.

—¡A la calle, a la calle! ¿Por dónde se sale, buen hombre? —dije, sosteniendo a Presentacioncita, que por su mucha aflicción apenas podía con su lindo cuerpo.

—Si no quieren Vds. salir por la calle del Bastero, donde hay muchos tunantes y borrachos —repuso el portero—, por este pasillo que hay a la derecha saldrán a la casa inmediata y a la calle de Mira el Río.

Yo temblaba de susto: por todas partes, en todos los rincones veía ladrones y asesinos, alzando horrorosos puñales sobre mi pecho. El viejecillo nos llevó del patio grande a otro más pequeño, y de este a un largo y húmedo zaguán, en cuyo extremo se veía la claridad de la calle. Cuando le di la propina, me pareció sentir ruido de pasos detrás de nosotros; pero aunque atentamente miré, nada vi.

—Por aquí derechos a la calle —dijo nuestro amparador, retirándose repentinamente.

Dejonos solos, y a la verdad fue como si nos dejara de su santa mano el ángel de nuestra guarda; porque no habíamos dado cuatro pasos hacia la claridad que al extremo del zaguán se veía, cuando una voz bronca y temerosa, que en su clueco graznido indicaba ser producto del hombre y del aguardiente, resonó como un trueno en aquellos ámbitos oscuros, diciendo:


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