Memorias de un cortesano de 1815

Memorias de un cortesano de 1815

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- XXIV -

LEGÓ al fin la hora de la cita.

—¡Qué miedo tengo Sr. de Pipaón! —dijo cuando cambiamos los primeros saludos—, ¡qué miedo tengo, a pesar de las precauciones tomadas! No es fácil que mamá ni mi hermano me descubran; pero sí Gaspar, que por las noches ronda la casa, no contento con vigilarme de día, imponiéndome su voluntad hasta en los actos más insignificantes…

Después de tranquilizarla sobre este particular, le dije:

—Encantadora niña, ¡cuán mal sienta a esa incomparable persona, digna de un emperador, afanarse por un mozalbete sin fundamento, como Gasparito Grijalva! Mal empleados ojos puestos en él, mal empleada boca hablándole, y mal empleado corazón amándole. Presentacioncita, Vd. no se ha mirado al espejo, Vd. no conoce su mérito, Vd. no ha sabido apreciar el inmenso valor de su propia persona, la cual es de tanta valía, que casi casi no conozco ningún hombre digno de poseerla.

—¡Qué adulador es Vd.! —replicó sonriendo vagamente—. ¿Es eso lo que tenía que decirme?

—Por ahí empiezo, niña mía; empiezo por pasmarme de que quiera Vd. al hijo de don Alonso, habiendo en el mundo tanto bueno…


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