Memorias de un cortesano de 1815
Memorias de un cortesano de 1815 Durante la guerra, D. Antonio no se movió de Madrid. Firme en su agencia, servía a españoles y franceses, sin malquistarse jamás con unos ni con otros, que este es privilegio de ciertos hombres sutilísimos. Ni los franceses le molestaron en 1812, aunque encubiertamente favorecía a los nacionales, ni en 1814 le persiguieron por afrancesado los españoles de la restauración. Con todo el mundo tenía buenas relaciones; para todo se echaba mano de Ugarte. Murat y José, lo mismo que los regentes de Cádiz, el cardenal de la Scala lo mismo que Fernando, el botellesco Cabarrús igualmente que el leal Eguía, le consideraban y atendían. Hízose superior a los partidos, y a todos servía. Había tenido hasta entonces el singular talento de no funcionar dentro de la jurisdicción de las pasiones políticas, reservándose la esfera interior de los negocios. Mientras arriba los bobos andaban al pelo por la soberanía del pueblo y los derechos del trono, él resbalaba abajo injiriéndose en los intereses públicos y particulares… No era nada; no era más que agente.
Aquí hemos visto muchos hombres, de esta clase; pero el maestro, el patriarca, el Adán de estos bien aventurados camaleones, fue, sin duda alguna, Antonio I, agente de todo lo agenciable.