Mendizábal
Mendizábal —¡Caramba!
—¿Y lo duda? ¿De qué dehesa viene usted?
—¿Dónde hay más historias, en las clases altas o en las medias?
—En todas; pero las de las altas son más bonitas, más profundamente depravadas. Yo las conozco al dedillo, y en pocas noches le daré la instrucción suficiente para que no pase por cándido el día que se introduzca en la sociedad.
—¿Pero no se exime nadie, galán ni dama, del oprobio de esas historias? ¡Por Dios, Serrano…!
—Nadie… Todo el mundo tiene historia. Por lo común no hay persona bien vestida que no lleve consigo su misterio: este misterio es algo que no debe saberse, y, sin embargo, se sabe, porque fíjese usted… Nada es aquí tan público como las cosas secretas… En fin, por tener todo el mundo historia, hasta usted la tiene, usted, querido Calpena, que acaba de llegar a Madrid; y antes de dar los primeros pasos en las tablas del teatro social, ya nos indica que trae buen papel en la comedia.
—¡Yo! —exclamó Calpena palideciendo—. ¡Pobre de mí! ¡Si no soy nadie!
—Los que empiezan no siendo nada, suelen acabar siéndolo todo.
—Bueno. Pues si alrededor mío hay una historia y usted la sabe, amigo Serrano, ¿tendría inconveniente en contármela?