Mendizábal
Mendizábal —Inconveniente, ninguno… pero la tos… ya ve… no puedo hablar… me ahogo…
Aguardó Calpena a que el golpe de tos se calmase, y cuando hubo pasado, aún tuvo que esperar más tiempo, porque el infeliz tísico se quedó un rato sin respiración, los ojos inyectados, la frente sudorosa, las manos trémulas…
—Pues sí… esta maldita tos no me deja vivir… Si yo no tosiera, sería orador, créame usted… Pues no hay que tomar a mala parte esto de las historias. ¡Tan joven y ya protagonista! Si he de ser franco, no puedo aún decir a usted cosas concretas…
—¿Pues no asegura que lo sabe todo?
—Todo no. Es muy pronto todavía, y aún son pocas las personas que se han fijado en el joven Calpena… Lo que yo he oído no es ofensivo para usted, ni mucho menos.
—Sea lo que quiera, debo saberlo.
—La tos otra vez… Me ahogo…
—¡Demonio! ¿Por qué no toma usted pastillas? Yo se las traeré de la botica más próxima.
—No… gracias… Es inútil. Las he tomado de todas clases, sin sentir el menor alivio.
—Ya pasa… ya puede hablar.