Mendizábal

Mendizábal

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Con sólo probar el delicioso licor, se le quitaban al buen Milagro diez años de vida; y a medida que iba apurando el vasito, presentaba síntomas diversos de exaltación cerebral. Al tercer trago le atacaba infaliblemente una sensibilidad lacrimosa, con recuerdos tiernísimos de su familia e invocaciones a la santa pobreza, a la caridad sublime, a los más altos y puros ideales. Hacia el cuarto o quinto sorbo se le iniciaba la tendencia a expresarse en forma poética, reverdeciendo las aficiones de su edad juvenil, en la cual más le gustaba hacer versos que comer, y era un adepto fidelísimo de la retórica que entonces se gastaba. «¡Ah! —decía con trémula voz, mirando al vaso—: ¡la Reina… angélica Cristina, pía matrona!… Desde que vino de Parténope, vimos abierto el Empíreo los buenos españoles… Cuando contemplo este doméstico regocijo… ¡ah!, viene a mi mente la imagen de mis pobres niños, de mi dulce esposa, alma virtud… ¿Qué será de vosotros, oh dulces exuviæ, el día en que fiera Parca me corte el hilo?… Mendizábal tonante, aplaca el furor de Mavorte… La oliva sucede al laurel… somos felices… Vuelve el reino de Ceres prolífica… Comeréis, hijos míos, blancos panes y bizcochos duros…».




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