Mendizábal

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Doña Jacoba, sin catarlo, era atacada de somnolencia, que procuraba vencer. En tanto, recogía cuidadosa la caja de las perlas, acomodando en ella los paquetitos que contenían las divisiones hechas por Maturana. Esto no le estorbaba para dirigir a la gallarda pareja estas insinuaciones: «Sr. Calpena, cuéntenos usted algo de política… Aura, ¿por qué no cantas?».

Aprovechaban ellos las distracciones y cabezadas de la señora para entregarse con efusión al ardiente coloquio que enlazaba sus almas, en cláusulas cortas, balbucientes: «¿Me había usted visto alguna vez?».

—No, no… La impresión de usted en mi espíritu es antigua, eso sí… Cuando la vi entrar por esa puerta, creí recobrar algo que se me había perdido…

—¡Qué cosa más rara!… Esta noche, cuando subía yo la escalera, sentí miedo, alegría y qué sé yo qué… No podía respirar… por poco me caigo.

—¿Y por qué pegaba usted a Lopresti?

—Es juego. Suelo darle así, con la sombrilla. A él le gusta, y conozco yo que está de mal humor cuando no le pego. Es un perro fiel, y me quiere con delirio. Esta tarde, al entrar, me dijo: «La está esperando a usted un caballero muy guapo, de parte de su tío el Sr. Mendizábal». Ya ve usted cuánto desatino. Me eché a reír… y le casqué más fuerte que otros días. ¿Oye usted? Jacoba me dice que cante… ¿Qué debo hacer?

—Obedecerla, creo yo.


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