Mendizábal
Mendizábal Acudió después mi hombre al tísico Serrano, que llenándole la cabeza de mentiras y encaminándole por una pista falsa, le hizo perder el tiempo y la paciencia; y tantea aquí, tantea allá, se refugió en la amistad y en los grandes conocimientos sociales de su compañero de casa, Nicomedes Iglesias. Si al principio pareció que el politicastro tomaba el asunto con interés, pronto dejó de hacerlo; tan sorbido le tenían el seso los negocios políticos, el interés de las sesiones y el periodiquillo que había fundado en unión de su amigote reciente, Luis González o Luis Brabo, que de ambos modos respondía, en el cual papelejo apoyaban al grupito de oposición parlamentaria que formaron en Procuradores Caballero, López y el Conde de las Navas. Si el hombre no estaba demente, le faltaba poco; su cortante lengua no desmayaba un instante durante el día, ni su enconada pluma por la noche. Competía con él en acrimonia y acometividad el tal Brabo, andaluz, delgadito, aguileño, más vivo que la pólvora, cortado para la política del ruido y para soliviantar con gracia a las multitudes. Meses después, Brabo escribía en papeles moderados; Iglesias extremaba sus ideas revolucionarias en los del bando liberal; su consecuencia, que era una forma de su orgullo, le valía persecuciones y desdenes. Pero en Diciembre del 35 todavía se le contaba entre los hombres de porvenir, aunque su irritación por no haber entrado en el Estamento le creaba enemigos, alejándole de la meta de su ambición.