Mendizábal

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—Vengo a buscarme una manera de vivir honrada y modesta.

—¿Tiene usted aquí familia, parientes, amigos…?

—No lo sé… Creo que no… creo que sí.

—Traerá usted cartas de recomendación.

—No, señor… Mis tíos (y llamo tíos al hermano y parientes del cura de Vera, en cuya casa me he criado) enviáronme a Madrid, sin decirme más que lo que va usted a oír: «Anda, hijo, que aquí no saldrás nunca de la pobreza oscura, y allá… allá puedes encontrar protecciones donde y cuando menos lo pienses». Me hicieron el equipaje con la poca ropa que tenía, me costearon el viaje, diéronme algo para los primeros días, y aquí me tiene usted…

—Esperándolo todo de la suerte, de lo desconocido… ¡Ah, señor de Calpena, usted pitará! No le faltarán contratiempos, afanes; pero no es usted, me parece, de los que se ahogan en este piélago. Y dígame otra cosa: ¿ese buen párroco de Vera…?

—Un gran humanista, señor, más versado en los clásicos latinos y griegos que en Teología y Cánones.

—Bien se le conoce a usted, en su manera de expresarse, la sabia mano que le ha pulimentado.

—Sabía mucho mi padrino —dijo D. Fernando con tristeza—; y aunque él se esforzó en darme todo su saber, yo no he tomado sino parte mínima.


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