Mendizábal
Mendizábal Embobado, como digo, estaba el hombre, contemplando el ir y venir de vagos bien vestidos, cuando le hizo volver en sí una voz bronca y desapacible que en el corro gritaba: «¡D. Fernando Calpena! ¿Quién es Don Fernando Calpena?».
—No vocee usted tanto, que soy yo —dijo el mancebo, un tanto asustadico—. ¿Qué se le ofrece?
—Véngase conmigo, señor —replicó el otro, como sin ganas de entrar en explicaciones—. Tengo el encargo de llevar a usted a una casa de huéspedes.
—¿Encargo?, ¿de quién?… ¿Se puede saber?
—Del Sr. D. Manuel, el segundo jefe de la Superintendencia.
—¿D. Manuel?… A fe que no le conozco.