Mendizábal

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Recordando haber oído ponderar lo que abundan en Madrid los ladrones, pícaros y toda la caterva de gente perdida y maleante, tuvo Fernandito algo de miedo, y miró con recelo al que parecía, si no protector, mensajero de desconocidas influencias tutelares; y en verdad que el pelaje, la carátula y el vocerrón de aquel sujeto no eran para infundir tranquilidad. El desconocido distinguiríase entre mil por la pátina de su cara sudosa, afeitada de ocho días; por los ojos ribeteados de bermellón; por la boca desmedida y los labios con hemorroides; por los ojos de carnero moribundo; por la ropa, que habría sido decente en otro cuerpo y en remotas edades; por el sombrero de copa, que su oficio le obligaba a usar, y era de catorce modas atrasado. Rasgo final: usaba bastón de nudos con gruesa cachiporra.

«¿Y el equipaje del señor?…».

—Ya lo han bajado… Vea usted aquel baúl largo, forrado de cabra… así, con poco pelo… No podremos llevarlo hasta que no me lo despachen los de la Aduana.

—¡Los de la Aduana! —exclamó con visible desdén el de la cachiporra—. ¡Pues no faltaría más sino que abrieran el cofre del señor!… Traigo bula para que den paso franco a todo.


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