Mendizábal

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Y al punto se metió por lo más apretado del grupo, repartiendo codazos a un lado y otro; llegándose al de la Aduana, le dijo no sé qué frasecillas enigmáticas, y no fue preciso más para que el equipaje del Sr. De Calpena quedase libre y exento de toda impertinencia fiscal. Un momento después Don Fernando y su acompañante, precedidos de un mozo de cuerda con el baúl a cuestas, se alejaban del parador calle abajo.

«Estamos a cuatro pasos del domicilio, señor. Esta calle por donde ahora entramos es la Angosta de Peligros… Aquella de enfrente es Ancha de lo mismo, a saber: de los peligros. Váyase enterando si, como parece, es esta la primera vez que viene a los Madriles».

—Es la primera vez… Por más que rebusco en mi memoria —dijo el D. Fernando caviloso y otra vez inquieto—, no caigo en quién pueda ser ese D. Manuel que ha dado a usted el encargo de recibirme y alojarme.

—D. Manuel de Azara.

—¿De Azara?… Ese apellido me suena, sí, me suena… pero… vamos, que no le conozco ni le he visto en mi vida, así Dios me la conserve. Y usted… ¿tendría la bondad de decirme su gracia?

—Mi gracia, como quien dice, mi nombre, es Filiberto Muñoz. Aunque nací en Consuegra, soy orundio de Extremadura, y…

—O me equivoco mucho, o es usted de la policía.


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