Misericordia
Misericordia Al llegar aquà en su meditación, acercósele un sujeto de baja estatura, con luenga capa que casi le arrastraba, rechoncho, como de sesenta años, de dulce mirar, la barba cana y recortada, vestido con desaliño; y poniéndole en la mano una perra grande, que sacó de un cartucho que sin duda destinaba a las limosnas del dÃa, le dijo: «No te la esperabas hoy: di la verdad. ¡Con este dÃa!…».
—Sà que la esperaba, mi Sr. D. Carlos —replicó el ciego besando la moneda—, porque hoy es el universario, y usted no habÃa de faltar, aunque se helara el cero de los terremotos (sin duda querÃa decir termómetros).
—Es verdad. Yo no falto. Gracias a Dios, me voy defendiendo, que no es flojo milagro con estas heladas y este pÃcaro viento Norte, capaz de encajarle una pulmonÃa al caballo de la Plaza Mayor. Y tú, Pulido, ten cuidado. ¿Por qué no te vas adentro?
—Yo soy de bronce, Sr. D. Carlos, y a mà ni la muerte me quiere. Mejor se está aquà con la ventisca, que en los interiores, alternando con esas viejas charlatanas, que no tienen educación… Lo que yo digo: la educación es lo primero, y sin educación, ¿cómo quieren que haiga caridad?… D. Carlos, que el Señor se lo aumente, y se lo dé de gloria…