Misericordia

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—Cierto, señor, muy cierto. Y yo le digo a la señora que haga balance, que lleve todo por apuntación, lo que entra como lo que sale. Mas ella, como ya no es niña, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es un ángel, señor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta para socorrerla.

—Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro a usted que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos de llevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado… prestar no, le hubiera facilitado medios de llegar a la nivelación. Pero es una cabeza destornillada; convenga usted conmigo en que es una cabeza destornillada.

—Sí, señor, convengo en ello.

—Y se me ha ocurrido… para eso la he llamado a usted… se me ha ocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada es este.

Diciéndolo, D. Carlos cogió un libro largo y estrecho, nuevecito, y lo puso delante de sí para que Benina lo cogiera. Era una agenda.

—Vea usted —dijo el buen señor hojeando el libro—: aquí están todos los días de la semana. Fíjese bien: a un lado, la columna del Debe; a otro, la del Haber. Vea cómo en los gastos se marcan los artículos: carbón, aceite, leña, etc… Pues ¿qué trabajo cuesta ir poniendo aquí lo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa?


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